miércoles, 17 de febrero de 2010

El origen de las ciencias sociales

“Quien comprenda a los babuinos hará un aporte a la filosofía mayor al de Locke”, concluyó Charles Darwin tras comprender la lógica del proceso evolutivo y sus profundas implicancias sobre el ser humano, envuelto permanentemente en el esfuerzo por conocerse a si mismo. Somos seres biológicos, y entender lo que eso significa para nuestra vida social es de la mayor importancia en este siglo de cambio climático y persistencia de conflictos milenarios pero con disponibilidad de armas de destrucción masiva.
La filosofía y las ciencias sociales han tenido una trayectoria oscilante respecto a la teoría evolutiva. En un primer momento la abrazaron con fervor. Marx y Engels tomaron la obra de Darwin como una referencia fundamental, al punto que el último de ellos lo homenajearía con el titulo de El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Kropotkin apuntó a minimizar a la competencia como factor de la evolución y escribió La ayuda mutua, un valioso libro sobre la biología de la Siberia. Nietzche concluyó implacable que Dios había muerto. Y Spencer catapultó su escabroso pensamiento filosófico y fue el gran difusor de la palabra “evolución”. A partir de la obra de Darwin surgió la paleontología como ciencia y la antropología inició el tránsito hacia su madurez como ciencia.
Sin embargo, los primeros abordajes evolucionistas de las ciencias sociales fueron escasamente científicos y muchas veces fueron vilmente utilizados como justificativos o aún promotores de inequidades sociales aberrantes.
La evolución no tiene nada que ver con la supervivencia del más fuerte, como se popularizó en la segunda mitad del siglo XIX. Que la selección natural ocurra entre todos los seres vivos, no significa que deba ocurrir entre nosotros los humanos. Justamente, el entender el proceso es la llave para liberarnos de muchas de las crueldades que la Naturaleza nos depara. Para eso contamos con la medicina, construida sobre el pilar de la teoría evolutiva. Más aún, el filósofo GE Moore, planteó a comienzos del siglo XX el concepto de “falacia naturalista”. Que algo ocurra naturalmente no implica en absoluto que sea bueno desde un punto de vista ético.
El caso fue, que durante los primeros 60 años del siglo XX las ciencias sociales se desligaron de la teoría evolutiva. El estudio del ser humano se desligó de sus bases biológicas. Tendencia que gradualmente fue cambiando y que al comenzar el siglo XXI está resultando fuertemente revertida a través de una pleyade de pensadores que apuestan a consolidar una lógica de pensamiento que armonice las ciencias “naturales” con las ciencias “sociales”.
Todavía persisten algunos enfoques del pensamiento social que sostiene que los factores biológicos no tienen incidencia sobre la psicología y la sociedad. Se sigue el razonamiento de la “tabla rasa” la mente humana al nacer es como una pizarra en blanco sobre la que es posible tallar la personalidad enteramente en base a lo aprendido, a lo cultural.
Las ciencias sociales tienden a ver a la biología como un envolviendo herméticamente al ser humano. Dentro del impermeable, la biología produce resultados asombrosos y la genética avanza a una velocidad vertiginosa, pero fuera de ese ámbito, en aquellas áreas del conocimiento en las que interviene la naturaleza humana, suele considerarse a la teoría evolutiva como algo escasamente o sin relevancia alguna.
Ciertamente no fue esta la actitud de Darwin, quien analizó desde lombrices y orquídeas al comportamiento humano. Cultivó las plantas, fue al zoo de Londres a estudiar los primates que allí estaban y observó en detalle el comportamiento de sus hijos para comprender las pautas de su conducta.
La teoría evolutiva permite estudiar a todos los seres vivos, desde las más primitivas bacterias al ser humano, pasando por las plantas y nuestros parientes más cercanos los chimpancés.
La construcción de ciencias sociales evolucionistas es posible en parte a partir del descubrimiento del ADN en 1952. La misma hebra de información diseña los cuerpos de todos los seres vivos, diseña los cerebros de todos los vertebrados, incluido el Homo sapiens. La psicología no puede insistir en profundizar sus conocimientos como si los genes no hubiesen sido descubiertos o nuestra historia de miles de años no contara en absoluto.
A partir de los trabajos de William Hamilton en los años 60 y de Richard Dawkins en los años 70 se comprende cual es el sentido biológico de la vida: reproducirnos. Los seres vivos somos máquinas de supervivencia que tienen como misión pasar su información genética a la siguiente generación. La existencia de cada uno de nuestros atributos biológicos de cualquier especie puede explicarse a partir de preguntar ¿cómo ha contribuido al éxito reproductivo? Y la pregunta es válida para aquellos comportamientos a los que estamos condicionados, como para las características de nuestras sociedades. ¿Cómo han contribuido históricamente a la conformación de la sociedad?
El debate todavía está en curso. En psicología persiste el conductivismo, que sigue sosteniendo que la mente es una tabla rasa, en antropología evolucionistas y quienes niegan la evolución sostienen todavía encendidos debates.
¿qué proponen los pensadores evolutivos? Que la evolución es un algoritmo. Una rutina de procesos. En la base de los procesos de cambio por selección ocurren tres etapas: la primera de las cuales es la variación. El sexo no tiene por única función replicar nuestros genes, sino también ser un motor de variación: recombinarlos, incrementar la variabilidad. Entre los seres de reproducción asexuada la variación se genera exclusivamente por mutaciones.
Esas variaciones generan diferencias en la aptitud de los individuos para sobrevivir y reproducirse. Y esas diferencias se heredan de una generación a la siguiente.
Esto que es indiscutible en biología, sucede en realidad cada vez que hay un conjunto de información que se replica y que cambia. Los idiomas español, francés, italiano, entre otros, han evolucionado desde su antecesor común el latín.
Es posible hacer un análisis histórico, desmenuzar las mutaciones que han ocurrido. Las diferencias entre un cambio natural y cultural se tornan difusas y lo que emerge es un método de comprensión que es materialista, que realiza un análisis histórico, que busca variaciones y continuidades, reglas, ramificaciones y que observa la realidad a través del tamiz de la innovación, la replicación de las innovaciones exitosas, la obsolescencia de otras de esas variaciones y el aumento o disminución en las frecuencias de las variantes propuestas.
El resultante de ese proceso de tres etapas es la adaptación a un entorno. Y como a la vez el entorno varía, se trata de un proceso dinámico de permanente interacción de diseños con su entorno, ya sean biológicos, culturales, tecnológicos. No se trata de una adaptación pasiva, resignada a condiciones dadas. En una época de evolución tecnológica acelerada se trata de una adaptación activa e innovadora.
El pensamiento evolutivo entonces, trata de la relación de un diseño (un organismo, una canción, un automóvil, una ley) con su entorno.
En cada caso podemos analizar la historia de ese diseño, la ingeniería del mismo que le permite cumplir funciones de forma más eficiente que diseños anteriores para su entorno dado y en el caso de las actividades humanas, razonar así las posibles mutaciones que pueden constituir el próximo paso de su trayectoria evolutiva. Permite comprender aspectos muy variados de la realidad bajo una misma óptica, formando parte de una misma realidad que forma parte de un proceso de cambios.
La evolución centrada en los genes ha llevado a aplicaciones prácticas muy concretas y variadas. En los aspectos micro sociales, por ejemplo, los canadienses Wilson han aplicado la visión de la evolución centrada en los genes al análisis de la violencia familiar y han detectado que los niños que no viven con sus padres genéticos tienen 70 veces más posibilidades de ser víctimas de violencia que aquellos que viven con sus padres biológicos. En los casos de violencia contra las mujeres o contra menores cuando ambos padres son los biológicos el factor principal es la duda sobre la paternidad, algo fácilmente solucionable actualmente a través de análisis de ADN.
En los aspectos sociales más macro, ha puesto el foco en la emergencia de los procesos de cooperación y la construcción de redes sociales, un proceso unificador a lo largo de la historia humana y que en este siglo XXI, Internet mediante, está en plena aceleración.
En el análisis económico ha cuestionado variados aspectos de la economía clásica. Desde Schumpeter ubicando a la innovación en un lugar central como motor de la evolución económica hace un siglo, hasta el énfasis en la economía de los recursos no renovables y los cuestionamientos a los supuestos del Homo economicus meramente optimizador en la teoría económica contemporánea.
El filósofo Daniel Dennet propone una visión similar a la de un edificio en construcción. Sobre un basamento dado por la física, se asientan las demás disciplinas de estudio, en parte basadas en su mayor escala y las propiedades emergentes que surgen con cada nuevo nivel de organización. Así a la física le sigue la química, a éstas la biología.
Luego, es impensable la psicología sin una base biológica. Y luego es impensable una sociología desligada de la psicología y de las bases biológicas de la conducta. Por más que a medida que ascendemos en el edificio a las áreas de las ciencias sociales en las que la cultura tiene un protagonismo mayor, ésta es un producto natural de nuestros cerebros, y es también un ámbito en transformación. Es posible comprender la lógica evolutiva de los procesos culturales.
William Whewhell, filósofo contemporáneo de Darwin propuso el concepto de consiliencia, la idea de una herramienta unificadora de análisis que permitiera superar la interpretación de los distintos aspectos de la realidad como ámbitos separados, como compartimientos estancos. Un conjunto de pensadores en el siglo XXI, desde Jared Diamond en antropología, a Steven Pinker en psicología, o Erick Beinhocker en economía y muchos otros más están armando el rompecabezas epistemológico que permite una aproximación más precisa a la realidad. Desconfiados de los relativismos posmodernos, renegando de cualquier tipo de milagrerías, las ciencias sociales tienen mucho para ganar de este enfoque histórico, materialista, y –sobre todo- naturalista de los distintos aspectos de la vida social.
Está claro que el ser humano reclamará cada vez más no ser un mero robot de sus genes. Justamente esa es la diferencia fundamental que tenemos con el resto de los seres vivos. Nuestros potentes cerebros son los únicos capaces de independizarse del mandato genético. Pero para hacerlo es imprescindible profundizar científicamente en la tarea de conocer a qué estamos condicionados. Entender la evolución es pues, una empresa introspectiva y a la vez liberadora.

1 comentario:

Rocktambula dijo...

Muy interesante y veraz!! Buen aporte.

un abrazo!!